16 de noviembre: Memoria de la Esperanza

José Luis Iriberri, Counselor de la Facultad de Turismo y Dirección Hotelera Sant Ignasi

descargaEl mundo gira… la humanidad parece que no… pero ante todo: ¡esperanza!

El 16 de noviembre de 2014 muchos haremos memoria del asesinato de un grupo de profesores universitarios jesuitas, en la UCA de San Salvador, y de dos colaboradoras laicas. Hace 25 años de aquella noche aciaga en la que el ejército salvadoreño entró a matar en el recinto universitario en el que se alojaban los jesuitas. Sacados de sus camas, retenidos, tumbados en el suelo… llegó la orden de disparar y la sangre tiñó de rojo las habitaciones de aquel centro dedicado al estudio, la investigación y el crecimiento del saber para el conjunto de la humanidad. Ellacuría, Montes, Martín-Baró… hasta ocho seres humanos perdieron la vida en ese asalto, contando también las dos mujeres que fatalmente se encontraban también en la Universidad. Ocho muertes más a sumar a la lista de los inocentes que pagan el precio del absurdo en el ser humano.

Dicen que el absurdo y la desorientación, el sin sentido forma parte de nuestra naturaleza humana. Dicen que la discordia es connatural a nuestra existencia y allí donde se manifiesta (¿dónde no lo hace?) aparece indefectiblemente el enfrentamiento y la violencia, la anulación de los valores y la desaparición de los ideales. El ser humano teme la discordia y busca la concordia, pero parece como si nos fuese imposible llegar a alcanzarla.

“The truth of the matter is that the world has always been messy”, decía Obama el pasado 29 de agosto, intentando explicar su política exterior. Y no le falta razón: que el mundo sufre por la absurdidad introducida en nuestras vidas, eso no es nada nuevo. En su Liturgia de las Horas, la Iglesia Católica ora precisamente estas semanas con el libro de Los Macabeos y en él se hace memoria de las atrocidades cometidas contra el pueblo judío por no aceptar doblegarse ante el poder griego. El castigo por no respetar la colonización llega a la barbaridad de colgar del cuello de sus madres a los niños que han sido circuncidados (práctica prohibida por los griegos) y después colgarlas a ellas. Así se ofrece un castigo ejemplar: madre e hijo. Eso era antes de Cristo. Pero a finales del siglo XX los relatos recogidos en el libro publicado por la UCA, Historias para tener presente, son tan salvajes o incluso más: soldados salvadoreños disparando contra columnas de hombres, mujeres y niños que tratan de cruzar el río frontera con Honduras escapando del horror de la muerte, y recibiendo los disparos del otro lado para evitar esa emigración motivada por el terror. Resultado: innumerables muertos descendiendo por el rí o. En este medio social, el equipo de la universidad de la UCA trataba de vivir y de ser testimonios de esperanza.

En la editorial de El Ciervo (nº 748) J. Pérez afirma: “El mundo es más retorcido de lo que imaginamos. Las circunstancias de vida en otros países son tan duras que ni nosotros sabemos cómo reaccionaríamos. El bien y el mal requieren condiciones. La esperanza es que cada vez haya más condiciones en más países para acomodar el bien”. Esperanza, esa es la clave. Ante todo, creer con esperanza.

El mundo es retorcido y la discordia nos hace mucho daño. Discordia que es la incapacidad de poder sentir con el corazón esa unión humana esencial que rompe todas las barreras y que ofrece reconciliación al corazón roto. Nos falta con-cordar, nos falta concordia. Ese elixir de vida solo nos lo da el corazón y me temo que no lo usamos suficientemente. Posiblemente el lector tenga aún en la mente la imagen en los diarios de este verano de aquel niño de Sierra Leona, no más de 5 o 6 años, abandonado en medio de la calle, sentado en un cubo de plástico, desnudo, sin fuerzas… y la gente mirándole en un círculo alejado, temerosos de acercarse a él por decirse que estaba contaminado de Ébola. Probablemente era cierto. Casi seguro que está hoy muerto. Como tantos otros. ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué reacción habría surgido de mi corazón? Ellacuría y muchos otros en la Universidad se preguntaban a diario estas cuestiones enfrentados a la realidad que aceptaban como la suya propia y no “la de los otros”.

Este verano hemos sido testigos de mucho dolor: la locura de Gaza-Israel, Ucrania, Irak, Siria… el Estado Islámico… Discordia. Los de Boko Haram en Nigeria ya han dejado muy claro que las 200 chicas secuestradas ya han iniciado una nueva vida con sus captores y que jamás serán liberadas. Ya sabemos lo que eso representa. Pero lo peor es que esa práctica ya cuenta con 500 mujeres secuestradas. Y aún peor: se pueden contar en muchos miles de mujeres y niñas las secuestradas en las múltiples guerras que se han sucedido en los últimos años en África. Vidas destrozadas, seguramente peor que muertas. Parece como si en nuestro mundo existiese un derecho a destrozar al prójimo.

Pero frente a todo esto, esperanza. Eso es lo que Ellacuría y los otros nos dirían hoy también, porque era eso lo que ellos predicaban y anunciaban cada día desde su cátedra en la Universidad: denuncia y reconciliación, reconocimiento y diplomacia, diálogo y negociación, concordia más allá del dolor infringido… y ante todo esperanza. El gran Gandhi está aquí también, hoy, con su eterna filosofía: solo romper la espiral que nos impulsa a separar, dividir, descuartizar… solo romper la espiral del odio, puede dar una posibilidad a la felicidad. Y esa es nuestra esperanza: crear sociedades en las que esto sea posible.

La Universidad tiene la responsabilidad de hacer florecer la conciencia, el pensamiento, la sabiduría del pueblo y de unir profundamente ese conocimiento a la empatía, al sentimiento, a la fuerza del amor que comunica y hace crecer nuestro ser humanos. Así lo entendieron Ellacuría y el equipo de jesuitas y profesores de la UCA. La Universidad tiene la obligación de ayudar a planificar y crear sociedades justas y solidarias, libres y pacificadas, en las que todos los seres humanos se descubran seres en comunión. La concordia es posible. Hoy es posible la unión de nuestros corazones y de nuestras voluntades para crear el bien común, preservarlo y compartirlo. En Europa habíamos luchado mucho por ello y no podemos renunciar a esa lucha.

La discordia social en El Salvador que desembocó en la cruenta guerra que segó la vida de Ellacuría y de miles de personas, igual que en Siria, Irak, China… y tantas veces en nuestra historia, no tiene otro origen que la corrupción, la discriminación, el abuso, el no reconocimiento de la dignidad del otro, la esclavitud, la opresión, la supresión del carácter espiritual-trascendente del ser humano y su correspondiente cosificación o reducción a una materia sin valor. ¿Qué sociedad están ayudando a construir hoy nuestras Universidades? ¿Una sociedad de iguales o de distancias? ¿De concordia o de discordia? En el informe del pasado octubre “Iguales: Acabemos con la desigualdad extrema. Es hora de cambiar las reglas,” Oxfam-Intermón avisa una vez más de la gran brecha que se ha construido y se amplía entre las clases sociales, también en nuestro continente desarrollado.  En el citado número del El Ciervo, N. Bilbeny contempla esta dificultad de unir la concordia con la situación flagrante de desigualdad: “Hoy los tiempos no están para la concordia. Con la crisis actual, “con-cordar”, la coincidencia de los corazones, no es fácil. Pero tampoco es imposible. Es posible, y hasta deseable, creo yo. Pero difícil. Pues crece la desigualdad económica, y con ella el alejamiento y el malestar entre las clases sociales, que nunca desaparecieron.”

El recuerdo estos días de los Mártires de El Salvador nos ha de llevar a recordar a los Mártires del 2014. Hemos de recordar hoy a todos aquellos hombres y mujeres, niños y niñas de muchas culturas y religiones que son masacrados en nuestra aldea global. En poco más de diez años del Irak de Hussein con 1,4 millones de cristianos hemos pasado al Irak “liberado por nuestros ejércitos” con apenas 400.000 cristianos: ¿qué ha pasado con los otros? ¿Cuántas más niñas descubrirán hoy el horror de perder su libertad en manos de mafias, guerrillas o gobiernos corruptos (y seguro que nosotros no tiraremos ninguna piedra, ¿verdad?)?

Recordemos a los Mártires para poder vivir en el presente con una responsabilidad constante: la de construir sociedades en las que se pueda acomodar el bien para todos y no sólo para unos cuantos. Construir sociedades en las que la felicidad sea un patrimonio a defender con el corazón apasionado. Construir sociedades en las que sus ciudadanos, como pedía Ellacuría, descubriesen que la vida auténtica consiste en estar centrados en el trabajo para el bien común, el bien de la humanidad.

Acabo recomendando al lector el cuaderno de Cristianismo y Justicia nº 191 en el que J. Sols nos presenta veintisiete inspiraciones del pensamiento filosófico-teológico de Ignacio Ellacuría. Esas inspiraciones pueden ser hoy también nuestras inspiraciones para luchar en favor de la concordia.

 

Oxfam Intermón: http://www.oxfam.org/es/informes/iguales-acabemos-con-la-desigualdad-extrema
El Ciervo: http://www.elciervo.es/

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